Crítica de ‘Los descendientes’: sonrisas y lágrimas

Alexander Payne sitúa su última obra en medio de playas paradisíacas y flores hawaianas, en un contexto donde los intereses económicos y la explotación inmobiliaria se solapan por encima del amor por los seres queridos de la familia –el eje central del film-. Los descendientes es, como Entre copas, una historia donde el intimismo de las relaciones humanas es abarcado con una naturalidad asombrosa, con un tono que diluye fácilmente la separación entre la comedia y el drama; un relato sincero donde caben las risas y las lágrimas, que parecen sacadas de la vida misma.

En este emocionante viaje interior, los diálogos y las miradas de los personajes tiene una relevancia enorme; especialmente, los atribuidos a George Clooney, que aborda con una franqueza asombrosa el papel de un hombre sumido en el desconcierto, y a Shailene Woodley, la hija adolescente de éste que deberá llevar las riendas de la situación. Todos los matices que se desprenden de las situaciones de la película son también fruto de la maestría de Payne, un gran relator que consigue con Los descendientes su trabajo más sencillo y más trascendente a la vez, donde fluyen naturalmente desde las relaciones familiares hasta el perdón y la muerte.

Valoración: 9

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