‘El silencio antes de Bach’, el poder de la música

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El jueves por la noche tuve la suerte de acudir al preestreno de El silencio antes de Bach (Die Stille vor Bach), la nueva película de Pere Portabella. Hacía diecisiete años que el célebre cineasta (al cual fue gratificante saludarlo) no se ponía tras las cámaras para realizar un largometraje, y uno se preguntaba qué habría hecho después de tanto tiempo. Pues bien, este nuevo proyecto se trata de una personal visión sobre la influencia de la música en la sociedad a lo largo de los años, cogiendo como referente al compositor Johann Sebastian Bach, el auténtico maestro que marcó un antes y un después. Carece, como en todo film de Portabella, de una línea argumental: se basa, principalmente, en una sucesión de imágenes al ritmo de la música (ésta, sin duda, no es un simple acompañamiento: es la verdadera protagonista). Se trata de una aproximación a una Europa marcada por la cultura y a la pura belleza. Sus memorables imágenes nos adentran a un mundo conocido por todos, pero retratado, aquí, impecable y elegantemente, como sólo pocos cineastas podrían hacerlo. Portabella nos da una lección cultural totalmente atípica, marcada por un pulso lento (lentísimo), recreada con un argumento no menos común, con historias entrelazadas, a las cuales el cineasta poco le importa que tengan sentido alguno. El silencio antes de Bach pertenece a ese tipo de cine de total libertad expresiva, a un cine muy poco común hoy en día, el cual mediante largos y sugerentes planos nos enseña más que con un eterno diálogo. Y es que el único y sugerente diálogo del film es el que se desarrolla en un bar de carretera, probablemente uno de los muchos aciertos de esta magnífica obra.
La película se abre con una imagen en blanco extremadamente arriesgada, la cual es precedida por un recorrido por una sala vacía. Vemos, una vez acabado el travelling, una pianola que se mueve con un aire de libertad a lo largo de la sala, que toca y “baila” sola. Sin duda, un gran comienzo que indica perfectamente lo que nos vamos a encontrar: un libre recorrido por varios lugares que tienen la música como punto en común, la sensualidad expresada en imágenes. Tiene un punto de partida extraordinario, que comienza como acaba, en blanco. Suponemos, entonces, que este cuadro pretende mostrarnos el conjunto de esta maravilla, un conjunto lleno de expresividad y sentimientos. Esta es, sin duda, una película para disfrutar y dejarse llevar, un viaje que probablemente no lleve a ninguna parte, pero en el cual hayas pasado un rato formidable. Dentro de su aparente inconexión, las diversas historias que se desarrollan, además de tener la música en común, poseen la misma lentitud a la hora de ser contadas, una delicadeza y belleza que sobrepasan los límites del cine actual.

Esta es una propuesta totalmente anticomercial, una verdadera demostración de que el cine español actual puede dar mucho más de sí, dejando orfanatos de banda. Posiblemente sea uno de los proyectos, no sólo más arriesgados y bellos del año, también de los mejores. El cine de Portabella no es precisamente el que todo el mundo acude a ver; es más, está exclusivamente dedicado a un público minoritario, ese que entiende o quiere entender el cine como algo más que una simple historia con argumento con las tres partes diferenciadas. Como decía, El silencio antes de Bach no tiene ni un claro inicio, ni un desarrollo destacado ni un final como otro cualquiera. No posee ninguna de estas características, y por eso la considero una obra de auténtica valentía, basada en el poder de las imágenes y la música.

Una maravillosa película no apta para los incodicionales de las palomitas y que disfrutan con tonterías americanas: está destinada, sin duda, a esos que quieren presenciar algo sumamente nuevo, adulto, distante a todo lo que estén acostumbrados a ver. Un auténtico logro que quedará en mi memoria durante los años, debido a su increíble sensualidad y la belleza de su contenido. Hay que agradecer a Pere Portabella por habernos dejado llevar en tal inmensa, arriesgada, misteriosa y extraordinaria obra de arte.

Lo mejor su asombrosa capacidad por dejar indiferente al espectador.
Lo peor es demasiado atípica para la mayoría del público de hoy en día.
Valoración

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