‘Elegy’, un análisis puramente humano

A Isabel Coixet se la reconocía por su estilo propio, por sus historias dolorosas y originales, y también por su elegancia y sus excepcionales guiones. La cineasta barcelonesa nos ofrecía, cada vez, un gran y profundo recital de maravillosos momentos, muy cercanos, muy acogedores. Y es que, a lo largo de su corta filmografía, fue mejorando sucesivamente. Con su último trabajo, uno de los estudios de la persona humana más rigurosos y emocionantes de los últimos años, esa absoluta obra maestra titulada La vida secreta de las palabras, dejó a todo público acérrimo a ella y, a todo el resto, conmocionado, con verdaderas ansias de contemplar algo la mitad de bueno en su próximo proyecto. Después de pocos años, Coixet ha llegado con Elegy. Es curioso, sin embargo, que aquí se hayan desvanecido algunos de los aspectos más característicos de sus anteriores obras, quizás más estilísticos que de contenido. En primer lugar, hay que tener en cuenta que, pese a que algunos lo vean como un simple encargo, la película está basada en la aclamada novela El animal moribundo, de Philip Roth. Así pues, Coixet no se ha lucido plenamente en la creación de su nuevo film, únicamente lo ha dirigido. Vemos en Elegy, pues, una personalidad anterior algo difuminada, que solamente apreciamos en según que escenas. Es, en conjunto, un film que bien podría haber estado dirigido por otro realizador. Probablemente quienes la vean como un mero encargo tengan su parte de razón: falta la otra mitad de Coixet, quizás la que más relevaba en sus proyectos, la de escritura. Aunque, sin embargo, cometería un fallo terrible si dijera que esta especie de elegía es un mal film. Todo lo contrario. Que no se aprecie el tacto y la sensibilidad propia de la directora no significa que Elegy sea menos buena, aunque sí un poco menos del agrado de un servidor. Y es que si hay algo que destaca en la historia es el sufrimiento de los personajes, el análisis milimétrico de los pensamientos, del interior de cada uno, de los límites del amor. Viene a ser, entonces, una historia similar a las que habíamos visto antes en Coixet. En este sentido sigue en su terreno más puramente dramático, melancólico, intimista. Las diferencias se observan en una puesta en escena mucho menos arriesgada, más plana, menos personal; también en los lugares donde se sitúa, más urbanos, no tan apartados de la sociedad, menos míseros y, sobretodo, más reconocibles.

La historia de Elegy es, al fin y al cabo, una historia que no ha surgido de la mente de la cineasta que tanto, y tan bien, habíamos visto reflejada. Es la adaptación de una historia casi autobiográfica, la de un hombre obsesionado con una mujer y que se siente solo, amargado, desesperanzado. Este personaje, tan sublimemente escrito y profundizado a nivel de guión, está interpretado por un Ben Kingsley en absoluto estado de gracia, en una actuación verdaderamente alucinante, realista, magistral. Él es el protagonista, el que (y me sabe mal decirlo) lleva el auténtico peso de Elegy. Su acompañante, una correcta y, en el tramo final, soberbia Penélope Cruz, se ve diminuta respecto a la poderosa creación del gran Kingsley. Aunque uno no puede olvidarse de las conversaciones que éste mantiene con su íntimo amigo, otro veterano de actuación brillante, Dennis Hopper, donde se palpa una asombrosa compenetración, llena de comentarios verdaderamente divertidos a la vez que próximos a la realidad. Pero es la relación entre Kingsley y Cruz, un profesor mayor y su joven estudiante, la auténtica protagonista de la película. En ella vemos un claro contraste, el gran arma del film, entre la degradación de un hombre obsesivo y solitario, y la maduración de una joven y bellísima aprendiz. Y es que no deja de ser interesante, ante la aparente relación profesor-alumna, el hecho de que la vejez no siempre es sinónimo de madurez. Pero si hay algo que realmente abunda en Elegy es el tema del miedo. A partir de esta sensación, sentimiento, o como quieran llamarle, Coixet profundiza y se deja llevar por sus verdaderas inquietudes. De alguna manera, se sumerge en la ya existente historia de Roth y la convierte en algo más suyo. El miedo a la muerte, al ser amado, al compromiso, etc. Una exploración que, sin duda, permite que la película pueda recobrar el protagonismo de la cineasta, aunque no en su entereza. Destacaría, de toda la obra, la parte final, donde permite a los dos protagonistas lucirse como nunca y proporciona al espectador una de las escenas más trágicas, bonitas, conmovedoras y metafóricas vistas en mucho tiempo. Así pues, esta sería la mitad más Coixet, donde se presencian los auténticos valores que siempre ella ha tenido en mente. Elegy ya no es, pues, un simple encargo.

Para acabar, no podría dejar de mencionar que en conjunto, pese a ser una obra no tan personal y todo lo que acabo de comentar, la película nunca deja de perder peso, siempre se mantiene en un tono dramático. Los diálogos son simplemente esenciales, están genialmente escritos. Destacar, además, las añadiduras que Coixet ha optado por inserir, para mi gusto en ningún momento molestas, como la voz en off o esos planos más puramente simbólicos, como la hoja cayendo o la pelota de squash rodando, sola, a través de la pista. En resumidas cuentas, un film imperfecto, que es un tanto inferior a los dos últimos trabajos de la directora, pero que consigue atrapar, emocionar y, sobretodo, consigue hacernos creer que Isabel Coixet sigue en una absoluta plena forma. Elegy no deja de ser, al margen de sus fallos, una  sublime, conmovedora y trágica película.

Lo mejor Ben Kingsley y el demoledor y arriesgadísimo final.
Lo peor que no sea tan personal como las anteriores obras de la cineasta.
Valoración
Leer critica de Elegy en Muchocine.net

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