La excusa perfecta

Crítica de Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2008)

Tras un indiscreto rodaje en España, la nueva película de Woody Allen parecía estar más predestinada a ser un evento social que una película más en su amplia filmografía. Desgraciadamente, lo ha acabado siendo: el público, inquieto por saber cómo se las habría apañado en su primera misión mediterránea, ha ido con falsas expectativas y con prejuicios. Han surgido opiniones bastante dispares sobre Vicky Cristina Barcelona -un título único y genial-, pero si hay algo que ha resonado verdaderamente ha sido, más que el contenido de la película en cuestión, el hecho de que estuviera rodada en la Ciudad Condal y, lo que es incluso menos relevante, la aparición de un ménage à trois formado por tres de los actores más deseados del momento-dos de ellos, además, nacionales-. ¿Pasó lo mismo cuando el neoyorquino pisó por primera vez Londres para rodar  la espléndida Match Point? ¿Se demuestra, así pues, que a los españoles nos atrae más si aparece nuestra Barcelona retratada de forma irreal que el contenido de una historia que, verdaderamente, da mucho de sí? ¿Nos importa realmente el cine de Woody Allen? Como iba diciendo, han surgido diversos puntos de vista acerca de la película, pero ¿se han fijado realmente en su mensaje -que lo tiene-, o bien en si es más o menos creíble? Un servidor fue a verla, liberado de prejuicios de todo tipo, y salió satisfecho. Probablemente más de lo que esperaba. ¿Será ese factor sorpresa, el no haber leído prácticamente ninguna crítica entera antes de presenciarla? ¿O el centrarse en el realmente importante contenido y no en detalles que finalmente acaban resultando anecdóticos? 

Manhattan empezaba con un seguido de imágenes en blanco y negro de la ciudad y, con una pieza de jazz verdaderamente solemne, de fondo; posteriormente, veríamos una reflexión sobre el amor y las personas.  Vicky Cristina Barcelona, por lo contrario, se salta todo tipo de grandilocuencia inicial: la pintura de Miró situada en el exterior del aeropuerto de Barcelona es la apertura de la historia de dos jóvenes norteamericanas que van a pasar el verano en la capital catalana, cuyas caras podemos presenciar seguidamente. Una voz en off, algo cansina por momentos, las presenta mientras viajan en un taxi, describiéndolas con una precisión deduciblemente alleniana. Un comienzo atípico por dos razones: se nos presenta una enorme cantidad de información en muy poco tiempo y apenas hemos visto a la supuesta gran protagonista de la película, Barcelona. Es ahí, precisamente, donde el espectador debe entrar o no en la historia, cuya trama irá revolcándose hasta culminar en un inmenso y sincero final. Lo más probable es que se haya saturado y, sobre todo, decepcionado. Las dos turistas, una vez instaladas en casa del familiar de una de ellas -personaje interpretado por Patricia Clarkson y que será realmente clave en un futuro-, emprenden una visita por la ciudad. Gaudí es quien más aparece, pero Barceona no está siendo retratada de una forma, como esperaba la mayoría, realista. Todo parece limpio, perfecto. Y, sabiendo que no es así, a mí me da absolutamente igual, pues la cosmopolita ciudad no deja de ser una mera excusa para situar el cuento. Lo decía el mismo Woody: “escribí esta película porque mi mujer tenía ganas de pasar un verano en Barcelona”. Sea como sea, aparece más bien poco; afortunadamente, todo se centra en la historia principal, una historia que quizás la tenemos muy vista, pero nunca contada de una manera tan brillante. El mensaje, sin duda, demuestra que el maestro sigue en su línea más trágica vestida de cómica. 

Como bien nos tiene acostumbrados, Allen dota a Vicky Cristina Barcelona de todas sus inquietudes: las decisiones humanas, el sentido del amor y del matrimonio, la imperfección de la vida… Sin nunca resultar cansino o tedioso, el cineasta mueve los hilos con una tremenda habilidad que nada nos sorprende. Todo se mueve a un ritmo tan trepidante como trágico, puesto que medida que avanza, el film va tornándose más y más oscuro, va viajando a las entrañas del ser humano y a su actitud frente a un problema amoroso. Probablemente sea él, Woody, uno de los pocos que hable siempre de lo mismo y lo haga de una manera tan accesible, amena y cercana que nunca resulte redundante. Ante tal admirable talento y veteranía, uno ya ni se cuestiona la calidad técnica de su último trabajo. Sorprendentemente, ocurre algo muy extraño: el film, como poco era de esperar, contiene, en general, una deprimente y grisácea atmósfera que lo aparta definitivamente de lo que estaba predestinado a ser: una carta de amor a Barcelona colorida a lo “viva la vida”. No, señores, no. Ya desde un comienzo contiene un tono, no oscuro, pero sí inquietante. Nunca llega a ser una película de colores vivos y cantones. Nunca llega a parecerse, como algunos mencionaban, a un film de Almodóvar. Es más, estilística y metafóricamente hablando, se decanta más a ese “partido final” que a esa fallida “primicia”. Todo respira un aire trágico que nos adelanta a un final tan predecible como moralmente desesperanzador, con un culminante fundido a negro absolutamente simbólico, que devuelve a nuestras protagonistas al ataúd donde yacían en un principio. Todo queda en una aventura pasajera. Y es en este aspecto, precisamente, donde Allen deslumbra más: en el tratamiento de dos personajes que comparten un defecto: la cobardía. Y es que es indiscutible en que el neoyorquino, más que narrarnos una historia, nos cuenta una historia de personajes, que sirve como auténtica reflexión, en este caso, sobre la duda.

Dejando de lado las dos turistas -una adicta al riesgo y otra conservadora-, cuyas personalidades están escritas de forma envidiable, también destacaría los otros dos personajes del puzzle que las acaban transformando, o no: el de Juan Antonio y el de María Elena. Él, el seductor responsable de hacerles entrar en ese peligroso juego de deseo; ella, la ex-mujer de éste, un verdadero carácter a la que mucho le cuesta controlarse. Ambos genialmente interpretados por “nuestros” Javier Bardem y Penélope Cruz. Sin embargo, es ésta última la verdadera chispa que enciende el fuego del film; es Pe quién vuelve a demostrar que cuando la dirigen bien, resulta ser grandiosa, alucinante. Su María Elena es lo más atípico, lo más alocado, lo más desfasado que hayamos visto nunca. Destacar, sobre todo, las discusiones que mantiene con Bardem en dos idiomas a la vez y sus disparatados y repentinos cambios de humor. Un humor, por cierto, muy propio del director, nada extravagante ni fácil, sino realmente inteligente. Os aseguro que llegué a llorar de risa. Tanto el trabajo de escritura de Allen como el de interpretación de Cruz hacen que esta mujer sea, finalmente, lo más atractivo del film. Un logro impresionante, gigantesco. Y no exagero.

Una vez concluye, todo termina siendo un simple largometraje más que añadir a la extensa filmografía del director; un cuento sensacionalmente contado y siempre bañado de una personalidad indudable. No es nada más, ni es nada menos: Vicky Cristina Barcelona bien se podría sentar al lado de notables productos como Melinda y Melinda o Poderosa Afrodita, cuyos resultados, sin ser sobresalientes, gustan y atrapan como pocos lo pueden hacer. Ésta es una sabrosa experiencia, una perfecta excusa por parte del realizador para contar, a su manera, lo que a él le gusta. Y, por cierto, nada de ligera; es mucho más de lo que parece: esconde muchos secretos, muchos planos con doble fondo -Vicky mirándose al espejo-, que sin embargo no resultan nada extraños ni sorprendentes al tratarse de una película de uno de los pocos narradores que merezcan el nombre de genio: Woody Allen.

Valoración  
Leer critica Vicky Cristina Barcelona en Muchocine.net

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Una respuesta a “La excusa perfecta

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