El sonido de la pasión

mapa 2

Hacía aproximadamente un mes que no iba al cine, cosa rara en mí. Más de un mes hacía, también, que esperaba con verdaderas ansias un film en particular: el nuevo de Isabel Coixet, cuyo cine siempre me ha despertado mucho interés. Sin embargo, una vez se estrenó en Cannes, parece ser que Mapa de los sonidos de Tokio no ensimismó al público como sí lo hicieron La vida secreta de las palabras o Mi vida sin mí. Mi opinión al respecto no coincide con la de la mayoría de los críticos: pienso que se trata de un film extremadamente personal (creador, pues, de cierta polémica), quizás el más arriesgado y extraño de todos los que ha realizado la directora, con sus defectos y sus grandes virtudes, pero siempre rebosado de la mayor dedicación y personalidad. Está impregnado de un cariño realmente especial. Es un film imperfecto pero muy entrañable, del que se puede extraer mucho más jugo de lo que parece. 

El relato del film es simple y su hilo conductor se sigue con bastante previsibilidad; sin embargo, Coixet tampoco pretende crear ninguna sorpresa dentro del argumento. Lo que sí propone es un viaje a través de los sentidos, una experiencia sensorial por parte del espectador. Y es que, como muy bien aclara el precioso título del film, aquí no sólo se trata de mostrar situaciones a través de imágenes poéticas, sino de explorar el otro mundo que compone la cinematografía: los sonidos. La mezcla sonora del film está realizada con una exquisita dedicación: relajantes sonidos ambiente de un cementerio se interponen en una vista de la ciudad de Tokio, el ruido que produce el golpeo de un gong que incrementa a medida que crece la tensión en la escena… y, sobre todo, los silencios, esos que te dejan con el corazón encogido (y que parece que no existan en el cine actual). Lo del personaje que recoge los sonidos de la ciudad lo encuentro una simple y prescindible escusa. El sonido del film en sí ya es un propio personaje. 

Pero Mapa de los sonidos de Tokio no es únicamente esto: de la sencilla premisa argumental (y del amor incondicional de Coixet a la cultura nipona) van surgiendo ramas temáticas que realmente proporcionan un gran interés. A diferencia de Lost in Translation (maravillosa película, por cierto), aquí no se pretenden mostrar las diferencias entre dos culturas tan radicalmente distintas como la oriental y la occidental, sino hablarnos de que dichas distinciones son puramente superficiales: en el fondo, todos nos parecemos. Y de ahí surge la relación entre los dos protagonistas del film, cuya base se sustenta, más que en el amor, en el dolor. Dolor, el que provoca el amor, la soledad, la impotencia, las decisiones, la pasión. Ryu y David (Kikuchi está soberbia, López bastante insípido, aunque pasable), igual que Hanna y Josef, son dos seres que se necesitan, que han nacido para amarse, pero que sin embargo les será difícil mantenerse juntos. Dos personas que sufren por dentro, que hablan a través de la mirada. Que les une la muerte de un tercero y una habitación diseñada como un vagón de metro que les conduce a una desatada pasión a través del sexo; también la comida (elemento tratado con una asombrosa delicadeza y sensibilidad en cada momento que aparece), aunque uno sorba los espaguetis y el otro no. Todo muy poético, pero nada insustancial. Coixet, como siempre, dota a sus personajes de una extraña pero profunda personalidad. Todos ellos sufren y consiguen que suframos con ellos.

Todo queda envuelto en el personalísimo (y no por eso autocomplaciente) universo Coixet, el cual no se basa únicamente en referencias a sus autores literarios preferidos, ni a la música más cool y extravagante, sino también en un curioso y entrañable modo de conducir cualquier historia y, por supuesto, en un gran dominio de la técnica cinematográfica (siempre con una puesta en escena muy particular), donde aquí ejerce un rol igualmente relevante que la propia historia. 

Mapa de los sonidos de Tokio es un film personal hasta decir basta, caprichoso, extraño e imperfecto. Es bello, desgarrado, profundo y emocionante. El más completo (cinematográficamente hablando) de la filmografía de la cineasta. Técnicamente es de diez. No sé porqué no ha gustado a la mayoría de críticos, pues a mí, que quieren que les diga, me ha encantado. Y llámenme gafapasta, que yo seguiré viendo el cine de Coixet, que sin salirse de algunos de los cánones tradicionales del cine (sus relatos siempre van condicionados por una estructura bastante clásica), contiene un ingrediente clave que la diferencia del panorama cinematográfico de hoy en día: la personalidad, por muy marciana y sensible que sea. Que la amen y la odien a partes iguales es, a mi parecer, un gran punto a favor. El caso es que en sólo cuatro días 100.000 personas la han ido a ver a los cines. ¿Será su enigmático y tremendamente original cartel? ¿O el simple hecho de estar dirigida por Coixet?

Lo más destacado: la cantidad de sensaciones que provocan cada una de sus escenas a través de los sonidos: pasión, miedo, tristeza, tensión, deseo, soledad, relajación… El espectador es un protagonista más. 

Lo menos destacado: una voz en off que intenta remarcar lo que ya proporcionan, y muy bien, las imágenes. Y, probablemente, demasiada previsibiliad argumental.

Valoración: 8 sobre 10.

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