Crítica de ‘Shame’: terrenos humanos y oscuros

El primer plano de Shame, que muestra al protagonista echado en su cama mirando perdidamente al techo, resume a la perfección muchas de las emociones y sentimientos que esta historia contiene y que luego, paso a paso, se irán desglosando: frustración, soledad, agonía… Como era de esperar, Steve McQueen lleva la premisa de “una historia de adicción al sexo” a terrenos tan oscuros y rematadamente humanos que sólo son visibles en las miradas y los gestos de sus personajes.

Si en Hunger se exploraban los límites a los que se puede someter el cuerpo humano como forma de protesta social, aquí el sexo es el arma que tiene el protagonista -también interpretado sublimemente por Michael Fassbender- para escapar de una agonía interior que le corroe por dentro y de la que necesita desatarse. Un sufrimiento que, lejos de la explicitad de los momentos eróticos, es retratado través de la más pura sugestión. Es en esta doble vertiente –el mostrar y el ocultar- donde la maestría del cineasta británico vuelve a relucir, donde su particular mirada, su sensibilidad y sutileza en la puesta en escena, cobran todo el sentido.

Este túnel cada vez más oscuro por el que conduce a sus personajes –y al espectador- es toda una experiencia sensorial, tan desgarradora y emocionante que no permite que te desates de ella hasta cierto tiempo. Shame es una obra excepcional que se construye bajo sus propias reglas y que, por consiguiente, confirma a McQueen como un cineasta único.

Valoración: 9,5 

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