Crítica de ‘Django desencadenado’: excesos, risas y esclavos

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Nadie negará que Quentin Tarantino es uno de los cineastas norteamericanos que más coherencia en su estilo ha sabido mantener a lo largo de su carrera: desde ese soberbio ejercicio de suspense llamado Reservoir Dogs hasta Django desencadenado, su último y más discutible film hasta la fecha.  El sello Tarantino está presente en este western, y eso es probablemente lo que más satisface a un espectador que viene extasiado de su anterior y excelente film bélico, Malditos bastardos. Las comparaciones con éste son inevitables, ya sea porque también remite a otro género perdido en la actualidad o porque supuso hace ya tres años el resurgimiento de un Tarantino que muchos decían que se había deshinchado con la infravaloradísima y más libre de todas ellas, Death Proof.

Pero si hay algo que asimismo Taranino ha elaborado con sus dos últimas piezas es un gusto por lo excesivo, por el conseguir una obra magna que defina un nuevo rumbo en los respectivos géneros de los filmes. Evidentemente que son piezas de exquisito y gozoso visionado, con una puesta en escena inteligente y un discurso (¿necesario a tiempos de hoy?) sobre víctimas que se rebelan ante el poder (ya sean judíos o esclavos). Encontramos muchas convergencias, pues, entre estas dos películas de las que Django, a parecer de un servidor, es la hermana menor (¡y no por duración!).

En su primera hora y media todo resulta tremendamente entretenido y excitante –el humor, los diálogos brillantes, la acción-; Tarantino plantea un relato bien sencillo sin concebir, como es habitual, ninguna reflexión ideológica. Y es que si hay algo que hace meritoria –y si más no interesante- a la obra de este cineasta es la no-implicación en cuestiones políticas o morales, sirviendo platos de extrema violencia y de espinosa polémica –véase la esclavitud, en este caso- asumiendo que forman parte de una de ficción y que, al fin y al cabo, la violencia es parte de nuestras vidas. Lo que le importa a él es, en el fondo, el desarrollo de la comicidad.

Ha habido en su carrera, no obstante, un camino hacia estructuras narrativas cada vez más conservadoras y lineales. De Django descenadenado se pueden decir muchas cosas: que es placentera, histriónica, sinvergüenza, desagradable y delirante. Pero es inevitable asumir que se trata de la más conservadora y clásica de todas las películas del director, basada en un orden de secuencias considerablemente largas y conectadas por simple cronología. También es la más innecesariamente larga. Y ese exceso puede que guste a ciertos amantes del spaguetti-western, que verán en ella referencias por doquier, pero para la mayoría de espectadores este es un film divertido y a ratos sorprendente, pero no excitante y, menos, arriesgado.

La mayoría de escenas de Django funcionan y son de irreprochable ejecución –véase la matanza final-; es más, hay algunas que provocan desternillantes risas y otras, como la cena con el malvado DiCaprio –por cierto, devorado por el menos histriónico Christoph Waltz-, que generan una tensión realmente incómoda, made in Tarantino. Pero el conjunto de todas ellas acaba por provocar cierta reiteración y, por qué no, algo de tedio. Muchas cosas siguen patentes, pero la frescura que desprendían los bastardos y, sobre todo, Death Proof, ha quedado ahora relavada por un exceso inicialmente eclipasante pero que acaba cansando.

 Valoración: 7 sobre 10

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Una respuesta a “Crítica de ‘Django desencadenado’: excesos, risas y esclavos

  1. Después de Pulp Fiction y Reservoir Dogs, muchas características de Tarantino se hacen evidentes en cada nueva película, aunque nos resulta entretenido su estilo (Diálogos, monólogos y secuencia), esperamos encontrar una variante, Tarantino se sigue repitiendo, pero sin dejar de entretener ni divertir, si desea hacer incursionar en el género de ciencia ficción (que es lo único que le falta) algunos de sus recursos estaría fuera de lugar, esperamos una nueva entrega con innovaciones en el estilo.

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