Crítica de ‘El muerto y ser feliz’: nostalgia radical

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Radical, ante todo. Coherente en su discurso y en su forma desde el principio hasta el fin. Una película que se aplica la libertad y lo inesperado de un viaje por la carretera a su propia estructura, que apenas sigue una línea narrativa, que avanza con un final anunciado –la muerte del protagonista- pero sin pautas ni barreras a lo largo del trayecto. 

Desprovista de cualquier atisbo de psicología, El muerto y ser feliz encuentra en la voz en off que suena a lo largo de todo el metraje un motivo para ahorrar deducciones al espectador y, a su vez, para proporcionarle a éste un juego completamente irónico y absurdo. Es este uso de la voz informativa lo que más llama la atención del film; seguramente porque, sin ella, la película sería otra. Gusten o molesten, esas constantes irrupciones de Lola Mayo y del propio director consiguen que, por fin, una película pueda centrarse en lo que verdaderamente importa: las sensaciones que crean el montaje de las imágenes y el sonido. Lo demás, como bien asume el director, es pura literatura. 

Javier Rebollo, en una actitud que se mueve entre la nostalgia, el homenaje y la radicalidad, consigue que su última película se disfrute placenteramente en cada plano, en cada escena. Nada falta y nada sobra en El muerto y ser feliz, o al menos esto es lo que su director nos acaba haciendo creer: que su película es única.

Valoración: 8,5 sobre 10

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