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Crítica de ‘El muerto y ser feliz’: nostalgia radical

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Radical, ante todo. Coherente en su discurso y en su forma desde el principio hasta el fin. Una película que se aplica la libertad y lo inesperado de un viaje por la carretera a su propia estructura, que apenas sigue una línea narrativa, que avanza con un final anunciado –la muerte del protagonista- pero sin pautas ni barreras a lo largo del trayecto. 

Desprovista de cualquier atisbo de psicología, El muerto y ser feliz encuentra en la voz en off que suena a lo largo de todo el metraje un motivo para ahorrar deducciones al espectador y, a su vez, para proporcionarle a éste un juego completamente irónico y absurdo. Es este uso de la voz informativa lo que más llama la atención del film; seguramente porque, sin ella, la película sería otra. Gusten o molesten, esas constantes irrupciones de Lola Mayo y del propio director consiguen que, por fin, una película pueda centrarse en lo que verdaderamente importa: las sensaciones que crean el montaje de las imágenes y el sonido. Lo demás, como bien asume el director, es pura literatura. 

Javier Rebollo, en una actitud que se mueve entre la nostalgia, el homenaje y la radicalidad, consigue que su última película se disfrute placenteramente en cada plano, en cada escena. Nada falta y nada sobra en El muerto y ser feliz, o al menos esto es lo que su director nos acaba haciendo creer: que su película es única.

Valoración: 8,5 sobre 10

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Inteligente sátira sobre la idiotez

Crítica de Quemar después de leer (Joen y Ethan Coen, 2008)

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Nunca hubiera pensado que me reiría con Brad Pitt en una película; con el Chad Feldheimer que interpreta en Quemar después de leer lo he hecho, sin duda alguna, con creces. Él es el más memo del elenco de idiotas personajes  que aparecen en la última y brillante película de los hermanos Coen. La suya es una caracterización de lo más absolutamente genial, una burla al prototipo de “tontolaba” que vive permanentemente con un chicle en la boca y se muere si no lleva su iPod encima; el verdadero causante de todo el enredo del argumento, que apenas tiene sentido. Aunque son algunos otros los que también actúan en este estúpido e inexplicable lío, tres personajes principales más cuyos apellidos, como bien acostumbrados nos tienen los cineastas, son de lo más prácticamente difíciles de pronunciar -acuérdense del Chigurgh de No es país para viejos-: Harry Pfarrer es el típico hombre inmaduro que necesita ligar y que tiene varios tics en la boca, otro idiota de cuidado sensacionalmente interpretado por el habitual George Clooney; Linda Litzke, magistralmente llevada a cabo por Frances McDormand, representa otro prototipo de persona en la sociedad de hoy en día, una trabajadora corriente cuyo único objetivo es operarse para resultar más atractiva -hilarante su desenlace-; y Osborune Cox -un gran John Malkovich- es quizás el más clave de todos, un ex-agente de la CIA que decide escribir sus memorias y cuya mentalidad es de lo más extravagante -inolvidable la conversación telefónica con Pitt, o el intento de chantaje dentro del coche-. Luego está la mujer de éste último, Katie -como siempre, una soberbia Tilda Swinton-, probablemente el único personaje sensato, el único endiablado que sabe el porqué de sus acciones.

El film no deja de ser una farsa sobre el mundo de idiotez en que vivimos, una feroz crítica tanto a la sociedad actual, básicamente preocupada en aparentar buen tipo y creerse importante, como a los altos cargos -en este caso, la mil y una veces atacada CIA-. El gran qué de la película está en que no necesariamente ha de explicarse algo sumamente complejo para criticar algo sumamente sencillo; aunque con disponer de una historia tan simple como la de Quemar después de leer no basta: hay que contarla bien. Y es en este aspecto donde los Coen destacan más. Los narradores, ya expertos, prescinden en muchos casos de escenas cuya importancia es importante pero no esencial, crean una puesta en escena de lo más fresca, y se basan en un guión que, pese a su aparente simplicidad, no hace aguas por ningún lado y acaba resultando extraordinariamente irónico y satírico. Para eso, señoras y señores, se necesita talento, y la póstuma obra de los Coen, quieran aceptarlo o no, rebosa de él.

Unos diálogos desternillantes “soltados” por unos personajes tan increíblemente estúpidos como sus intenciones, un enredo de nivel nacional -grandioso fondo para los títulos de crédito- que nunca llega a cobrar sentido -atentos a la frase final del jefe de la CIA, que no deja de ser un resumen de todo lo que hemos presenciado. ¡No tiene desperdicio!-, y unos directores que, sin ellos, Quemar después de leer hubiera sido una auténtica basura, una idiotez. Una de las mejores películas del año y, posiblemente, de las mejores comedias absurdas vistas en mucho tiempo.

PUNTUACIÓN: 8 SOBRE 10