Parecidos razonables (3)

La próxima película de la factoría ESCAC, Barcelona, nit d’estiu, tiene demasiadas similitudes a Paris, je t’aime en cuanto a propuesta (ciudad, historias de amor, elenco de famosos), pero lo que es aún más descarado es lo que se parece su póster al del film francés.

Barcelona, nit d'estiu - Paris, je t'aime

Crítica de ‘Sólo Dios perdona’: el miedo vence

Imagen

Acostumbro a sentirme tentado por ver una película cuando es abucheada en un festival; y más, si esto pasa en Cannes o Venecia. Y lo que siempre me pregunto es: ¿tan influyente es la opinión de los críticos como para acabar juzgando una película y acabar arruinando su destino? ¿Acaso muchas veces las propuestas más polémicas no son las que acaban siendo las más recordadas con los años?

En la reciente edición de Cannes, quién más palos se llevó de todas las nominadas fue Only God Forgives (Sólo Dios Perdona), la nueva propuesta de Nicolas Winding Refn, el danés que obtuvo el premio a Mejor director en 2011 por la aclamada Drive. La mayoría de críticas que obtuvo recalcaban su extrema violencia y su exquisita pero vacía estética. Sin embargo, tras quedarme atónito ayer por la noche después de visionarla, mi opinión respecto a la película difiere bastante de la mayoría de comentarios que en su día presencié.

Si hay algo que me atrae de Only God Forgives es la radicalidad de su conjunto. Mientras que Drive suponía una propuesta atrevidamente violenta y estéticamente deslumbrante, pero encerrada dentro de unos estándares narrativos muy convencionales, en esta “segunda parte” Winding Refn va mucho más allá: deja atrás cualquier razonamiento psicológico, limita el argumento a una simple excusa y se olvida de comprender a sus personajes. Only God Forgives es pura formalidad, sí; pero también un film que, igual que su protagonista, machaca todas las bases sólidas de una película de género para centrarse en el lenguaje, las miradas y la atmósfera.

Y dirán muchos que eso es poco, que hace falta comprender las motivaciones de un asesino, que se requiere de un tratamiento humano para que el espectador pueda empatizar con los personajes, que la estética no es suficiente. Sin embargo, Winding Refn ha optado por la vía difícil: pudiendo haberse etiquetado como el nuevo Tarantino de Hollywood, el cineasta no ha temido nada ni a nadie y se ha tirado a la piscina, seguramente sabiendo que el futuro comercial de su propuesta sería peligroso.

En un momento en que el espectador pide comprender a los héroes de la ficción, alaba películas que recurran a la psicología y al lado oscuro de los personajes, que le expliquen el porqué de todo, aparece alguien que, sin dejarse arrastrar por el éxito, ni juzga, ni comprende, ni perdona a su héroe; y de alguna forma, la mirada impasible y los monosílabos de Julian (Ryan Gosling) reflejan toda esta deshumanización. Por el contrario, los dos diablos del film –encarnados por su madre y por el asesino de su hermano- representan un miedo que está al acecho, que impone y que no puede frenarse.

Es por eso que al final Julian se rinde y el miedo vence, cantando alegre y pasivamente, con la mirada perdida. Winding Refn termina, pues, diciéndonos que el poder más sucio siempre vence al más débil. Y esto es la realidad, y no las dudas morales del caballero oscuro.

Valoración: 8 sobre 10

Crítica de ‘Los amantes pasajeros’: el cineasta fiel

almodovar

No creo que el cine de Pedro Almodóvar haya muerto con Los amantes pasajeros, como muchos vaticinaron justo después del estreno del film. Tampoco creo que todas estas masacrantes críticas fuesen por motivos personales; de hecho, tras verla, comprendo que a muchos pueda haberles quedado la sensación de tomadura de pelo. Y es que Los amantes pasajeros supone, ante todo, un giro radical en la obra del manchego, una huida de toda la complejidad (narrativa y formal) que cada vez se hacía más presente en su cine. También es un claro retorno a sus inicios más locos y desacomplejados, repletos de irreverencia y desprovistos de cualquier emotividad.

 Sin embargo, la experiencia, la densidad de los filmes de su última etapa y su intransferible sello autoral han supuesto que el Pedro más juguetón e inocente que ha querido sacar ahora se haya percibido como algo contradictorio. En parte quienes lo afirman tienen algo de razón: Los amantes pasajeros tiene pocas metáforas, y las capas que hay escondidas en ella no son (ni pretenden ser) demasiadas; es una comedia excesivamente alocada, sin una narrativa laberíntica pero (y ahí está la paradoja) de una exquisitez formal propia de sus filmes más estéticos. La suciedad y libertad del contenido, la de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, se ve ahora “contaminada”, contradicha por unas imágenes bellamente fotografiadas pero perfectamente planeadas.

Pero si algo me gusta de esta película son precisamente sus imperfecciones y contradicciones, su arriesgado y pretendido vacío narrativo, sus interpretaciones desmesuradas y anti-realistas, y esos numerosos gags que quizás no provocan una carcajada pero hacen que se te escape la sonrisa. Almodóvar sigue siendo Almodóvar, y él bien que lo sabe. Y es que con Los amantes pasajeros se ha permitido liberarse y explorar hasta el fondo el humor absurdo que poco a poco fue diluyendo pero nunca olvidando. El cine de Pedro seguirá siendo único, guste o no, sea más acertado a veces o menos; y eso es, creo, algo de lo que pocos cineastas actuales (y menos, españoles) pueden sacar pecho. Y no, su última película no es de las mejores (ni de largo), pero al menos es fiel a sí misma. 

Valoración: 6,5 sobre 10

Crítica de ‘Django desencadenado’: excesos, risas y esclavos

django-unchained-picture01

Nadie negará que Quentin Tarantino es uno de los cineastas norteamericanos que más coherencia en su estilo ha sabido mantener a lo largo de su carrera: desde ese soberbio ejercicio de suspense llamado Reservoir Dogs hasta Django desencadenado, su último y más discutible film hasta la fecha.  El sello Tarantino está presente en este western, y eso es probablemente lo que más satisface a un espectador que viene extasiado de su anterior y excelente film bélico, Malditos bastardos. Las comparaciones con éste son inevitables, ya sea porque también remite a otro género perdido en la actualidad o porque supuso hace ya tres años el resurgimiento de un Tarantino que muchos decían que se había deshinchado con la infravaloradísima y más libre de todas ellas, Death Proof.

Pero si hay algo que asimismo Taranino ha elaborado con sus dos últimas piezas es un gusto por lo excesivo, por el conseguir una obra magna que defina un nuevo rumbo en los respectivos géneros de los filmes. Evidentemente que son piezas de exquisito y gozoso visionado, con una puesta en escena inteligente y un discurso (¿necesario a tiempos de hoy?) sobre víctimas que se rebelan ante el poder (ya sean judíos o esclavos). Encontramos muchas convergencias, pues, entre estas dos películas de las que Django, a parecer de un servidor, es la hermana menor (¡y no por duración!).

En su primera hora y media todo resulta tremendamente entretenido y excitante –el humor, los diálogos brillantes, la acción-; Tarantino plantea un relato bien sencillo sin concebir, como es habitual, ninguna reflexión ideológica. Y es que si hay algo que hace meritoria –y si más no interesante- a la obra de este cineasta es la no-implicación en cuestiones políticas o morales, sirviendo platos de extrema violencia y de espinosa polémica –véase la esclavitud, en este caso- asumiendo que forman parte de una de ficción y que, al fin y al cabo, la violencia es parte de nuestras vidas. Lo que le importa a él es, en el fondo, el desarrollo de la comicidad.

Ha habido en su carrera, no obstante, un camino hacia estructuras narrativas cada vez más conservadoras y lineales. De Django descenadenado se pueden decir muchas cosas: que es placentera, histriónica, sinvergüenza, desagradable y delirante. Pero es inevitable asumir que se trata de la más conservadora y clásica de todas las películas del director, basada en un orden de secuencias considerablemente largas y conectadas por simple cronología. También es la más innecesariamente larga. Y ese exceso puede que guste a ciertos amantes del spaguetti-western, que verán en ella referencias por doquier, pero para la mayoría de espectadores este es un film divertido y a ratos sorprendente, pero no excitante y, menos, arriesgado.

La mayoría de escenas de Django funcionan y son de irreprochable ejecución –véase la matanza final-; es más, hay algunas que provocan desternillantes risas y otras, como la cena con el malvado DiCaprio –por cierto, devorado por el menos histriónico Christoph Waltz-, que generan una tensión realmente incómoda, made in Tarantino. Pero el conjunto de todas ellas acaba por provocar cierta reiteración y, por qué no, algo de tedio. Muchas cosas siguen patentes, pero la frescura que desprendían los bastardos y, sobre todo, Death Proof, ha quedado ahora relavada por un exceso inicialmente eclipasante pero que acaba cansando.

 Valoración: 7 sobre 10

Crítica de ‘La noche más oscura (Zero Dark Thirty)’: una caza, un país

Zero Dark Thirty crítica

Zero Dark Thirty es una película hecha en un momento adecuado para la sociedad norte-americana. La euforia que supuso el año pasado la caza de Osama Bin Laden no podía quedar en el aire para las manos de los ejecutivos de Hollywood. Era evidente que sería un gran motivo comercial para realizar una ficción. Y, en muy poco tiempo, justo después de unas reñidas elecciones que casi cambian el rumbo ideológico del país, Kathryn Bigelow ha resurgido de nuevo, impulsada por el reciente éxito de la interesante En tierra hostil, para demostrar al mundo que ella es la directora más propicia para hablarnos de su país y de las guerras que éste ha provocado. ¿Quiere decir eso que lo haga con ojo crítico?

“La peli sobre Bin Laden”, que tantos premios lleva acumulados en Estados Unidos y de la que tanto se hablará en las próximas semanas, es un film que trata de construir minuciosamente unos hechos reales pero poco destapados y, algunos de ellos, ciertamente ambiguos Pero, como en toda realidad ficcionada, hay cabida para la emoción y la manipulación, para el desarrollo de una historia que se centra en un personaje bien escrito, también real, pero difícilmente empático con el público. Una mujer cuya vida privada se ve invadida y monopolizada por una investigación de gran envergadura mundial, acabando siendo ese el epicentro de su día a día; y cuando todo acabe (véase la mejor escena de la película, ese largo plano fijo final), ella (y el país) no sabrá a donde ir, dudará de todo lo que ha hecho hasta ahora, de si la moral le habrá hecho una gran jugada. Aunque se sienta aliviada. Un discurso interesante y autocrítico que, lamentablemente, pocas veces vemos surgir durante el metraje.

Bigelow es técnica y académicamente impecable cuando rueda, eso es algo innegable. El montaje veloz y la multitud de planos por secuencia es algo que, aunque a un servidor le moleste, tiene su mérito e, incluso, consigue crear cierto nerviosismo (que es lo que se pretende) al espectador. Hay en Zero Dark Thirty secuencias realmente espectaculares, pero también hay demasiadas que, aunque contengan información necesaria y verídica, son realmente prescindibles. Y es que el problema básico de esta película es su excesiva e innecesaria duración. Al fin y al cabo, todo lo que alguien recordará de ella, lo que en el fondo todo el mundo quiere ver, al tratarse de un film más entretenido que reflexivo, es esa operación militar, llena de ecos lecterianos, que es sin duda alguna una endiabladamente buena muestra de suspense (con final conocido).

Nos encontramos ante un film excelentemente ejecutado, que deslumbra cuando genera tensión y aburre cuando saca la vena periodística. Una ficción que, sin llegar a conmover como lo hizo United 93, consigue un resultado potente y digno, pero nunca brillante. Y es que, por primera vez, el cine habla del 11-S dejando atrás la tragedia y sacando pecho del triunfo de la venganza.

Valoración: 6,5 sobre 10

Mi póster de ‘To the Wonder’, de Terrence Malick

Este es un diseño propio (y no oficial) del póster de To the Wonder, la nueva y esperadísima película de Terrence Malick, un año después de la obra maestra El árbol de la vida. Espero que os guste.

to the wonder poster

 

Crítica de ‘Los Miserables’: cantando en la oscuridad

Los Miserables crítica Ramon Balcells

Los fans devotos de la adaptación musical de la novela de Víctor Hugo estarán impacientes por ver cómo un director que se ha hecho un nombre demasiado rápido en la industria, el afortunado (y poco más) Tom Hooper, habrá llevado a cabo Los Miserables al cine. Y también, seguramente, ansiarán por presenciar a un reparto estelar cantando las canciones que muchos de ellos deben tener grabadas en la cabeza desde que vieron la versión teatral. Las expectativas, para ellos e incluso para algunos de los menos entusiastas, son ciertamente altas. Y, sirva como opinión pura y personal de un servidor poco amante de los musicales y desconocedor de este fenómeno, debo reconocer que nos encontramos ante una muy mala película. Las razones son varias.

El núcleo de todo ello recae en las manos de Hooper, realizador con talento técnico y apasionado de las recreaciones históricas que tuvo la suerte de hacernos creer que era el nuevo talento de Hollywood con la correcta pero sobrevalorada El discurso del rey. Tras esa entrada academicista y complaciente, creyó que había impulsado un estilo personal creando primeros planos con ángulos abiertos y decidió lanzarse al vacío adaptando lo que podría ser un estrepitoso fracaso o un colosal éxito. La puesta en escena de su nueva apuesta, que podría brillar en la mayoría de las ocasiones, sigue siendo conformista y enciende el piloto automático.

Si hay algo aún más destacable –pero no original ni mucho menos fascinante- es el hecho que se trate, no de un musical, sino de una novela cantada. “Hooper, el nuevo Lars von Trier de Hollywood”, debería estar imaginándose durante el rodaje. Supongo que es por ese motivo que durante las eternas casi tres horas de duración de la película el director acaba tirando por los aires toda el ingenio y dinamismo que podría haber aportado, recurriendo finalmente a una cámara en mano que marea más que fluye. No, tampoco es usted Malick, Mr. Hooper.

El tercer gran problema de Los Miserables es que, a día de hoy, todo el discurso histórico y moral que propuso Hugo en su tiempo bien poco importa al público que vaya a verla. Y a ello se le suma el que es quizás el gran problema de todos: no hay un solo personaje de la obra con el que empatizar. Personajes estereotípicos y poco creíbles, historias predecibles y territorios conocidos. Suerte de la presencia de Helena Bonham Carter y Sacha Baron Cohen, quienes aportan momentáneamente la chispa y el descaro, la soltura y la frescura que Hooper se olvidó la escuela o que, quizás, nunca llegó a tener.

Valoración: 3 sobre 10