A continuación os muestro la lista de las que creo que han sido las mejores películas estrenadas este año en España.
1. Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008)

Conmovedora y muy dura historia de amor entre una pequeña vampiresa y un niño, contada de forma muy personal. A destacar la escena final en la piscina, por saber sugerir tanto mostrando tan poco. Sencillamente, una película imprescindible.
2. Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009)

Tarantino puro y duro, con un excelente dominio del lenguaje cinematográfico al servicio de un guión con diálogos y situaciones sensacionales, originales, tarantinianas a más no poder. Lo mejor: que el cineasta y cinéfilo se pase por el forro el rigor histórico.
3. Gran Torino (Clint Eastwood, 2009)

Eastwood vuelve, una vez más, con un film desgarrador y humano, muy suyo. Su interpretación es magistral, su dirección impecable, y el guión, aunque no suyo, redondo. ¿Cabía esperar menos de él?
4. La clase (Laurent Cantet, 2008)

En la frontera entre el documental y la ficción, esta ganadora de la Palma de Oro en Cannes se lleva mi cuarto puesto por el dinamismo con que es llevado a cabo un tema que da tanto que hablar como la formación del individuo.
5. Los límites del control (Jim Jarmusch, 2009)
Cine puro. Puro Jarmusch. Con un ritmo pausado y con muchos silencios, el último film del director de Extraños en el paraíso es de lo más radical e independiente de este año, pero también de lo más cinematográfico y profundo.
6. Up (Pete Docter y Bob Peterson, 2009)

Emocionante film animación que tiene todo lo que un film de dichas características ha de tener: personajes entrañables, situaciones extravagantes y un enorme sentido del espectáculo, sin olvidar, nunca, un mensaje que guste a todos. La animación nunca había llegado tan arriba.
7. Vals con Bashir (Ari Folman, 2008)
Otra de animación, aunque opuesta a la anteriormente mencionada. Este film israelita habla de un conflicto sin tapujos, a través de una mirada muy estética, muy sutil, muy personal. Una magnífica, realista y onírica a la vez, devastadora reconstrucción de una tragedia.
8. Celda 211 (Daniel Monzón, 2009)

El cine español, tan criticado por todos lados, destaca este año, no por Amenábar, ni Almodóvar, ni Coixet, sino por Monzón, director de un film de género trepidante y excelentemente escrito e interpretado. Lo peor: que sea tan previsible el Goya a Mejor actor de este año.
9. Avatar (James Cameron, 2009)
![]()
El mayor espectáculo de aventuras visto en mucho tiempo en cines, que pese a contener un discurso clásico y varias situaciones déjà vu, sabe como atrapar al espectador y no soltarlo hasta el último segundo. James Cameron se habrá gastado 250 millones de dólares, pero la experiencia que ha creado vale la pena vivirla (y en 3D).
10. Enemigos públicos (Michael Mann, 2009)
Mann reformula el cine policíaco con esta clásica y a la vez innovadora, trepidante película. Johnny Depp está inmenso en su papel de vividor al límite, y todo el apartado técnico del film es de envidiable envergadura. Mann en estado puro.
¡Felices fiestas a todos!
No me acostumbran a agradar los filmes de guerra o sobre la guerra, y digo no me acostumbran porque, como en todo, siempre hay excepciones: Apocalypse Now, Vals con Bashir o Redacted me parecen tres maravillas, seguramente porque hablan de temas universales a través de un conflicto determinado y no se limitan a reflejar el conflicto en sí y ya está. El motivo de este desagrado no es por algo en particular: simplemente, no me atraen los filmes bélicos.
Tras haber leído excelentes críticas y ver su constante reconocimiento en festivales, hoy me he decidido a ver The hurt locker, la última película de Kathryn Bigelow (sí, la misma de K:19), que realmente promete para los próximos Oscars. ¿Es para tanto? No lo creo, pero pienso que tampoco ha estado mal haberla visto. Al fin y al cabo, es un producto bien hecho, bien intencionado y bien interpretado, pero le falta la garra que sí tienen los tres filmes mencionados. Creo que el motivo principal es su forma, pues su contenido, ligeramente polémico, está bien resuelto. Me falla, al menos a mí, ese exceso de zooms y mareantes movimientos de cámara que pretenden intensificar cada escena, remarcar el suspense. Pienso que el guión ya contiene ese suspense y creo que Bigelow domina cada situación que aparece (la mayoría de notable intensidad emocional), ya sea por cómo dirige a los actores o por la misma puesta en escena, pero recurre de forma excesiva a la cámara en mano y la utilización de demasiados planos para una sola acción. Quizás sea cuestión de gustos, pero el caso es que la fuerza que sí tiene el interior de The hurt locker se pierde considerablemente por lo dicho, y a mí me impacta menos. Eso sí, no puedo reprochar su final, que cumple a la perfección con la impactante pero cierta frase del comienzo: la guerra es una droga.
No duden en ver The hurt locker, es increíblemente entretenida y tiene un buen guión. Pero para mí, Redacted seguirá siendo “La película sobre Irak”.
Aquí lo tenéis, el trailer de mi nuevo cortometraje (titulado El vacío). Espero que lo disfrutéis:
El pasado domingo 20 de septiembre finalizó, tras tres intensos días, el rodaje de El vacío, mi nuevo cortometraje. Como dije en el anterior post, no quisiera desvelar detalles de la historia, pues prefiero que el espectador la experimente sin saber nada previo sobre ella.
El estreno del cortometraje por la red está previsto que se haga en octubre. De momento, os dejo unas cuantas fotografías del rodaje. Espero que las disfrutéis.

Ayer viernes 18 de septiembre empezó el rodaje del cortometraje El vacío, escrito y dirigido por Ramon Balcells (sí, yo mismo).
Este cortometraje forma parte de un trabajo escolar que presentaré a finales de año, cuyo tema principal es el aprendizaje de técnicas cinematográficas a partir del estudio de la obra de un cineasta (Pere Portabella).
No querría desvelar nada acerca de esta historia, pues creo que su qué es verla sin saber prácticamente nada de ella. Lo único que puedo decir es que, a diferencia de mi primer cortometraje (Radiografía), hay algo que contar, y también una forma adecuada al contenido. No es un experimento visual, sino que cada plano y cada escena tienen un sentido con el conjunto. Quizás es algo más clásico en cuanto a la estructura (hay un pequeño argumento), aunque contiene momentos que creo que son bastante ambiguos y que “incomodarán” al espectador.
Mañana domingo finalizará el rodaje.
Espero que lo disfrutéis pronto.

Hacía aproximadamente un mes que no iba al cine, cosa rara en mí. Más de un mes hacía, también, que esperaba con verdaderas ansias un film en particular: el nuevo de Isabel Coixet, cuyo cine siempre me ha despertado mucho interés. Sin embargo, una vez se estrenó en Cannes, parece ser que Mapa de los sonidos de Tokio no ensimismó al público como sí lo hicieron La vida secreta de las palabras o Mi vida sin mí. Mi opinión al respecto no coincide con la de la mayoría de los críticos: pienso que se trata de un film extremadamente personal (creador, pues, de cierta polémica), quizás el más arriesgado y extraño de todos los que ha realizado la directora, con sus defectos y sus grandes virtudes, pero siempre rebosado de la mayor dedicación y personalidad. Está impregnado de un cariño realmente especial. Es un film imperfecto pero muy entrañable, del que se puede extraer mucho más jugo de lo que parece.
El relato del film es simple y su hilo conductor se sigue con bastante previsibilidad; sin embargo, Coixet tampoco pretende crear ninguna sorpresa dentro del argumento. Lo que sí propone es un viaje a través de los sentidos, una experiencia sensorial por parte del espectador. Y es que, como muy bien aclara el precioso título del film, aquí no sólo se trata de mostrar situaciones a través de imágenes poéticas, sino de explorar el otro mundo que compone la cinematografía: los sonidos. La mezcla sonora del film está realizada con una exquisita dedicación: relajantes sonidos ambiente de un cementerio se interponen en una vista de la ciudad de Tokio, el ruido que produce el golpeo de un gong que incrementa a medida que crece la tensión en la escena… y, sobre todo, los silencios, esos que te dejan con el corazón encogido (y que parece que no existan en el cine actual). Lo del personaje que recoge los sonidos de la ciudad lo encuentro una simple y prescindible escusa. El sonido del film en sí ya es un propio personaje.
Pero Mapa de los sonidos de Tokio no es únicamente esto: de la sencilla premisa argumental (y del amor incondicional de Coixet a la cultura nipona) van surgiendo ramas temáticas que realmente proporcionan un gran interés. A diferencia de Lost in Translation (maravillosa película, por cierto), aquí no se pretenden mostrar las diferencias entre dos culturas tan radicalmente distintas como la oriental y la occidental, sino hablarnos de que dichas distinciones son puramente superficiales: en el fondo, todos nos parecemos. Y de ahí surge la relación entre los dos protagonistas del film, cuya base se sustenta, más que en el amor, en el dolor. Dolor, el que provoca el amor, la soledad, la impotencia, las decisiones, la pasión. Ryu y David (Kikuchi está soberbia, López bastante insípido, aunque pasable), igual que Hanna y Josef, son dos seres que se necesitan, que han nacido para amarse, pero que sin embargo les será difícil mantenerse juntos. Dos personas que sufren por dentro, que hablan a través de la mirada. Que les une la muerte de un tercero y una habitación diseñada como un vagón de metro que les conduce a una desatada pasión a través del sexo; también la comida (elemento tratado con una asombrosa delicadeza y sensibilidad en cada momento que aparece), aunque uno sorba los espaguetis y el otro no. Todo muy poético, pero nada insustancial. Coixet, como siempre, dota a sus personajes de una extraña pero profunda personalidad. Todos ellos sufren y consiguen que suframos con ellos.
Todo queda envuelto en el personalísimo (y no por eso autocomplaciente) universo Coixet, el cual no se basa únicamente en referencias a sus autores literarios preferidos, ni a la música más cool y extravagante, sino también en un curioso y entrañable modo de conducir cualquier historia y, por supuesto, en un gran dominio de la técnica cinematográfica (siempre con una puesta en escena muy particular), donde aquí ejerce un rol igualmente relevante que la propia historia.
Mapa de los sonidos de Tokio es un film personal hasta decir basta, caprichoso, extraño e imperfecto. Es bello, desgarrado, profundo y emocionante. El más completo (cinematográficamente hablando) de la filmografía de la cineasta. Técnicamente es de diez. No sé porqué no ha gustado a la mayoría de críticos, pues a mí, que quieren que les diga, me ha encantado. Y llámenme gafapasta, que yo seguiré viendo el cine de Coixet, que sin salirse de algunos de los cánones tradicionales del cine (sus relatos siempre van condicionados por una estructura bastante clásica), contiene un ingrediente clave que la diferencia del panorama cinematográfico de hoy en día: la personalidad, por muy marciana y sensible que sea. Que la amen y la odien a partes iguales es, a mi parecer, un gran punto a favor. El caso es que en sólo cuatro días 100.000 personas la han ido a ver a los cines. ¿Será su enigmático y tremendamente original cartel? ¿O el simple hecho de estar dirigida por Coixet?
Lo más destacado: la cantidad de sensaciones que provocan cada una de sus escenas a través de los sonidos: pasión, miedo, tristeza, tensión, deseo, soledad, relajación… El espectador es un protagonista más.
Lo menos destacado: una voz en off que intenta remarcar lo que ya proporcionan, y muy bien, las imágenes. Y, probablemente, demasiada previsibiliad argumental.
Valoración: 8 sobre 10.

Diez años son diez años. Y aún más significativos lo son para alguien como Francis Ford Coppola, realizador de cuatro obras maestras del cine como El Padrino, La conversación, El Padrino, Parte II y Apocalypse Now. El caso es que, tras la larga espera, el resultado de su nuevo film no deja de ser decepcionante. Se llama Juventud sin juventud, y pese a su lírico y bellísimo título, no tiene ni pizca de fuerza en comparación con los tres mencionados.
La carencia de fuerza viene determinada, a mi parecer, por un factor determinante: el intento de realizar algo novedoso (quedándose en un terreno muy discutible). Coppola es Coppola: y siempre lo será. Y ahora le ha dado por alejarse por completo de la industria (cosa que me parece terminantemente atractiva) para realizar, con el capital obtenido en su época dorada, los filmes que a él le apetecen y de la manera que a él más le gusta. Y yo me pregunto: ¿es Juventud sin juventud un film tan artísticamente innovador? Para algunos sí, pero para mí no tanto. Mi opinión podrá parecer simplista, pero es la que es: está tan sobrecargada, tan saturada de imágenes y reflexiones (filosóficas, religiosas…) que, cuando llega al final, uno no hace más que preguntarse de qué han servido realmente. Todo (me) queda reducido a un vacío irremediable.
Habría que buscar el porqué. Una posible causa sería que la vi un día que estaba medio dormido en un sofá extremadamente cómodo. Otra, que dicha saturación no contiene una seria intención: que se trata de un experimento aparentemente transgresor que se queda a medio camino, que nunca llega a innovar por el simple hecho que no hay nada importante que contar y, consiguientemente, una forma adecuada para contarlo. Pero no me quedaré con ésta últiam posibilidad: el contenido del film es innegablemente transcendente. La forma del film es muy preciosista: pero, ¿cuántas imágenes nos transmiten, por si solas, toda esa parafernalia de frases y habladurías con Dios y yo qué sé quién más? Casi ninguna. Eso sí, la puesta en escena de la mayoría de las escenas sigue llevando el sello propio del director, cosa que me satisface. Y la atmosfera es auténticamente única. Aunque me falta algo realmente importante en un film que ha estado diez años en proceso de pensamiento en la mente de un maestro: que todo constituya un conjunto sólido. Y en Juventud sin juventud, pese a todo el recargamiento reflexivo y estético que supone, no hay algo fundamental que transmitir que vaya ligado con el “cómo transmitirlo”. ¿El arte por el arte, pues? No sé, quizás se trate más de una cuestión de “quiero, puedo y necesito innovar algo que, sin embargo y sin darme cuenta en estos momentos, ya he innovado años atrás”.
A propósito, ¿cómo definiríais vosotros estos tan mencionados “nuevos tiempos”? Yo diría, simplemente, que en muy pocas ocasiones existen. Seguimos donde siempre: en las antípodas del cine (historias ancladas en fórmulas estructurales hoy en día más que gastadas). Ya puede haber mucha imagen bonita, mucha rosa y muchos relojes en funcionamiento a la vez, que si no se plantea lo más básico (el medio de expresión en cuestión: el lenguaje cinematográfico), no se llegará a algo realmente serio y valioso. Y ahí están, por muy antiguas que nos parezcan, El Padrino, La conversación, El Padrino, Parte II y Apocalypse Now. Cuatro joyas que llevaban su formalismo (sobrio pero de una fuerza impactante) acorde con su contenido (mucho mejor condensado que en Juventud sin juventud); y que no parecen anuncios de televisión: flashes visualmente atractivos pero, en sus entrañas, decepcionantemente vacíos. Aunque tampoco es el caso en cuestión. No exageremos.
En resumidas cuentas, mi valoración podría resumirse en las siguientes palabras: una historia llena de reflexiones (seguramente muy transcendentales) y de imágenes muy líricas (quizás no tan trascendentales) que falla en algo tan simple como la más pura saturación, pero que me ha gustado lo suficiente como para mantenerme despierto durante sus 124 minutos. Quizás sea la esencia del genio. Quizás mi sofá.
Ahora veo que me he ido mucho por las ramas. Probablemente necesite un descanso, o, lo más seguro, ver otra vez Juventud sin juventud. Estoy seguro que el próximo día que la vea no sólo lograré entender su auténtico sentido, sino que disfrutaré mucho más. Tengo esta esperanza. Coppola me suele entusiasmar. Ya os contaré.

Resacón en las Vegas parte de una idea no demasiado original. El hecho que aparente ser la “típica comedia americana” tampoco la ayuda mucho. El caso es que su guión le da un giro al asunto que, consiguientemente, la hace resaltar del más bien resfriado panorama cinematográfico actual de las comedias USA: si bien lo que el público más cachondo espera es disfrutar de una noche loca de una despedida de solteros, lo que se encontrarán es con la parte más desagradable de una noche de tal calibre: la resaca del día siguiente. Pero olvídense de presenciar algo desagradable: como si de una investigación policial se tratara, los tres mayorcitos protagonistas (asócienlos con algunos de sus amigos, verán como se reirán aún más) intentaran encontrar al cuarto en discordia (que ha desaparecido) teniendo en cuenta que no recuerdan prácticamente nada de la noche anterior. Renunciando inteligentemente a cualquier flashback, el director del film maneja un cúmulo de situaciones absurdas de una forma envidiable, haciendo que resulten desternillantes. Así pues, tanto el público menos exigente como ese con ganas de novedad podrán disfrutar con todas y cada una de ellas.
Puede que el film no tenga esa formalidad surrealista de Miedo y asco en las Vegas (la cámara se mueve sin demasiado brío, todo hay que decirlo), ni un bonito mensaje que acabe de “redondear” la película (¿realmente necesita mensaje un film como éste?), su intención y su contendio (teniendo en cuenta en qué momentos nos encontramos en estos momentos dentro del cine comercial provinente de Hollywood) harán percatar al espectador que no se trata de la “típica comedia americana”, sino de una pequeña gamberrada muy inteligente y lograda, un pequeño y disimulado intento de transgresión (comercial, pese a todo) que contiene más del gamberrismo de los Farrelly que de la aceptable pero ñoña comicidad de Apatow. Háganse unas risas: saldrán del cine con ganas de fiesta, pero a la vez con un buen recuerdo (seguramente recordado).
Mi valoración: 7 sobre 10

Escrito el 20 de agosto de 2009
Hacía tiempo que oía hablar muy bien de un film sueco llamado Déjame entrar. Mi curiosidad era la suficiente como para verlo: un film sueco llamado Déjame entrar tenía cierto éxito en España, un país que precisamente no destaca por un multitudinario interés por películas suecas, y mucho menos de vampiros. El caso es que, tras meses sin encontrar el día oportuno para verla (llámenme vago, lo aceptaré), hoy me he decidido a verla. Mi opinión tras el visionado no puede ser más que satisfactoria. Probablemente, Déjame entrar sea uno de los filmes más bellos, originales y escalofriantes que haya visto hasta la fecha.
Lo que más destacaría sería su inteligentísimo poder de sugestión. Igual que uno de mis filmes favoritos, El silencio de los corderos, el realizador del film en cuestión prefiere sugerir la violencia (que la hay, y mucha) antes que mostrarla a carne viva: prácticamente en ningún momento veremos un cuerpo hecho pedazos en planos detalle. A propósito, destacaría un momento brillante: la vampiresa protagonista alimentándose de un hombre en una pequeña habitación, cuya puerta de entrada medio abierta nos tapa (parcialmente) lo que ocurre en el interior.
Otro elemento clave de Déjame entrar es su arriesgada propuesta formal: acorde con la frialdad de la historia (muy cruel y muy tierna a la vez), se opta por unos movimientos de cámara suaves y la combinación entre planos generales (normalmente de paisajes) y primerísimos planos (normalmente de los rostros de los personajes), o sea, entre el más puro distanciamiento y el acercamiento (casi roce) por parte del espectador. Un juego cinematográfico que le va como anillo al dedo a esta extrañísima historia repleta de sorpresas. Y es que si hay algo que también cabe resaltar es la sensación de misterio y angustia que provoca en cada momento: probablemente, uno de los momentos más tensos (aparte de ese inmejorable y sublime final en la piscina) ocurre dentro de una escena aparentemente romántica. Siempre hay que estar atento, pues igual que la vampiresa, el film te puede coger desprevenido en cualquier situación.
Si bien su base argumental podría ser un punto en contra en un principio (historia de amor entre un niño de 12 años y una niña vampiresa), su escritor ha sabido alejarse al máximo de cualquier tópico y recurrir a diversos y variopintos elementos sorprendentemente únicos que hacen que el espectador se sienta en un terreno, no únicamente complaciente, sino también completamente virgen.
Hagan el favor de no esperar tanto como yo he hecho. Acudan en cuanto antes a, y sé que lo habréis oído mil veces, una de las joyas cinematográficas de los últimos años. Quizás la menos convencional de todas las aparentes joyas que se clamen por ahí.














