Aquí lo tenéis, el trailer de mi nuevo cortometraje (titulado El vacío). Espero que lo disfrutéis:
El pasado domingo 20 de septiembre finalizó, tras tres intensos días, el rodaje de El vacío, mi nuevo cortometraje. Como dije en el anterior post, no quisiera desvelar detalles de la historia, pues prefiero que el espectador la experimente sin saber nada previo sobre ella.
El estreno del cortometraje por la red está previsto que se haga en octubre. De momento, os dejo unas cuantas fotografías del rodaje. Espero que las disfrutéis.

Ayer viernes 18 de septiembre empezó el rodaje del cortometraje El vacío, escrito y dirigido por Ramon Balcells (sí, yo mismo).
Este cortometraje forma parte de un trabajo escolar que presentaré a finales de año, cuyo tema principal es el aprendizaje de técnicas cinematográficas a partir del estudio de la obra de un cineasta (Pere Portabella).
No querría desvelar nada acerca de esta historia, pues creo que su qué es verla sin saber prácticamente nada de ella. Lo único que puedo decir es que, a diferencia de mi primer cortometraje (Radiografía), hay algo que contar, y también una forma adecuada al contenido. No es un experimento visual, sino que cada plano y cada escena tienen un sentido con el conjunto. Quizás es algo más clásico en cuanto a la estructura (hay un pequeño argumento), aunque contiene momentos que creo que son bastante ambiguos y que “incomodarán” al espectador.
Mañana domingo finalizará el rodaje.
Espero que lo disfrutéis pronto.

Hacía aproximadamente un mes que no iba al cine, cosa rara en mí. Más de un mes hacía, también, que esperaba con verdaderas ansias un film en particular: el nuevo de Isabel Coixet, cuyo cine siempre me ha despertado mucho interés. Sin embargo, una vez se estrenó en Cannes, parece ser que Mapa de los sonidos de Tokio no ensimismó al público como sí lo hicieron La vida secreta de las palabras o Mi vida sin mí. Mi opinión al respecto no coincide con la de la mayoría de los críticos: pienso que se trata de un film extremadamente personal (creador, pues, de cierta polémica), quizás el más arriesgado y extraño de todos los que ha realizado la directora, con sus defectos y sus grandes virtudes, pero siempre rebosado de la mayor dedicación y personalidad. Está impregnado de un cariño realmente especial. Es un film imperfecto pero muy entrañable, del que se puede extraer mucho más jugo de lo que parece.
El relato del film es simple y su hilo conductor se sigue con bastante previsibilidad; sin embargo, Coixet tampoco pretende crear ninguna sorpresa dentro del argumento. Lo que sí propone es un viaje a través de los sentidos, una experiencia sensorial por parte del espectador. Y es que, como muy bien aclara el precioso título del film, aquí no sólo se trata de mostrar situaciones a través de imágenes poéticas, sino de explorar el otro mundo que compone la cinematografía: los sonidos. La mezcla sonora del film está realizada con una exquisita dedicación: relajantes sonidos ambiente de un cementerio se interponen en una vista de la ciudad de Tokio, el ruido que produce el golpeo de un gong que incrementa a medida que crece la tensión en la escena… y, sobre todo, los silencios, esos que te dejan con el corazón encogido (y que parece que no existan en el cine actual). Lo del personaje que recoge los sonidos de la ciudad lo encuentro una simple y prescindible escusa. El sonido del film en sí ya es un propio personaje.
Pero Mapa de los sonidos de Tokio no es únicamente esto: de la sencilla premisa argumental (y del amor incondicional de Coixet a la cultura nipona) van surgiendo ramas temáticas que realmente proporcionan un gran interés. A diferencia de Lost in Translation (maravillosa película, por cierto), aquí no se pretenden mostrar las diferencias entre dos culturas tan radicalmente distintas como la oriental y la occidental, sino hablarnos de que dichas distinciones son puramente superficiales: en el fondo, todos nos parecemos. Y de ahí surge la relación entre los dos protagonistas del film, cuya base se sustenta, más que en el amor, en el dolor. Dolor, el que provoca el amor, la soledad, la impotencia, las decisiones, la pasión. Ryu y David (Kikuchi está soberbia, López bastante insípido, aunque pasable), igual que Hanna y Josef, son dos seres que se necesitan, que han nacido para amarse, pero que sin embargo les será difícil mantenerse juntos. Dos personas que sufren por dentro, que hablan a través de la mirada. Que les une la muerte de un tercero y una habitación diseñada como un vagón de metro que les conduce a una desatada pasión a través del sexo; también la comida (elemento tratado con una asombrosa delicadeza y sensibilidad en cada momento que aparece), aunque uno sorba los espaguetis y el otro no. Todo muy poético, pero nada insustancial. Coixet, como siempre, dota a sus personajes de una extraña pero profunda personalidad. Todos ellos sufren y consiguen que suframos con ellos.
Todo queda envuelto en el personalísimo (y no por eso autocomplaciente) universo Coixet, el cual no se basa únicamente en referencias a sus autores literarios preferidos, ni a la música más cool y extravagante, sino también en un curioso y entrañable modo de conducir cualquier historia y, por supuesto, en un gran dominio de la técnica cinematográfica (siempre con una puesta en escena muy particular), donde aquí ejerce un rol igualmente relevante que la propia historia.
Mapa de los sonidos de Tokio es un film personal hasta decir basta, caprichoso, extraño e imperfecto. Es bello, desgarrado, profundo y emocionante. El más completo (cinematográficamente hablando) de la filmografía de la cineasta. Técnicamente es de diez. No sé porqué no ha gustado a la mayoría de críticos, pues a mí, que quieren que les diga, me ha encantado. Y llámenme gafapasta, que yo seguiré viendo el cine de Coixet, que sin salirse de algunos de los cánones tradicionales del cine (sus relatos siempre van condicionados por una estructura bastante clásica), contiene un ingrediente clave que la diferencia del panorama cinematográfico de hoy en día: la personalidad, por muy marciana y sensible que sea. Que la amen y la odien a partes iguales es, a mi parecer, un gran punto a favor. El caso es que en sólo cuatro días 100.000 personas la han ido a ver a los cines. ¿Será su enigmático y tremendamente original cartel? ¿O el simple hecho de estar dirigida por Coixet?
Lo más destacado: la cantidad de sensaciones que provocan cada una de sus escenas a través de los sonidos: pasión, miedo, tristeza, tensión, deseo, soledad, relajación… El espectador es un protagonista más.
Lo menos destacado: una voz en off que intenta remarcar lo que ya proporcionan, y muy bien, las imágenes. Y, probablemente, demasiada previsibiliad argumental.
Valoración: 8 sobre 10.

Diez años son diez años. Y aún más significativos lo son para alguien como Francis Ford Coppola, realizador de cuatro obras maestras del cine como El Padrino, La conversación, El Padrino, Parte II y Apocalypse Now. El caso es que, tras la larga espera, el resultado de su nuevo film no deja de ser decepcionante. Se llama Juventud sin juventud, y pese a su lírico y bellísimo título, no tiene ni pizca de fuerza en comparación con los tres mencionados.
La carencia de fuerza viene determinada, a mi parecer, por un factor determinante: el intento de realizar algo novedoso (quedándose en un terreno muy discutible). Coppola es Coppola: y siempre lo será. Y ahora le ha dado por alejarse por completo de la industria (cosa que me parece terminantemente atractiva) para realizar, con el capital obtenido en su época dorada, los filmes que a él le apetecen y de la manera que a él más le gusta. Y yo me pregunto: ¿es Juventud sin juventud un film tan artísticamente innovador? Para algunos sí, pero para mí no tanto. Mi opinión podrá parecer simplista, pero es la que es: está tan sobrecargada, tan saturada de imágenes y reflexiones (filosóficas, religiosas…) que, cuando llega al final, uno no hace más que preguntarse de qué han servido realmente. Todo (me) queda reducido a un vacío irremediable.
Habría que buscar el porqué. Una posible causa sería que la vi un día que estaba medio dormido en un sofá extremadamente cómodo. Otra, que dicha saturación no contiene una seria intención: que se trata de un experimento aparentemente transgresor que se queda a medio camino, que nunca llega a innovar por el simple hecho que no hay nada importante que contar y, consiguientemente, una forma adecuada para contarlo. Pero no me quedaré con ésta últiam posibilidad: el contenido del film es innegablemente transcendente. La forma del film es muy preciosista: pero, ¿cuántas imágenes nos transmiten, por si solas, toda esa parafernalia de frases y habladurías con Dios y yo qué sé quién más? Casi ninguna. Eso sí, la puesta en escena de la mayoría de las escenas sigue llevando el sello propio del director, cosa que me satisface. Y la atmosfera es auténticamente única. Aunque me falta algo realmente importante en un film que ha estado diez años en proceso de pensamiento en la mente de un maestro: que todo constituya un conjunto sólido. Y en Juventud sin juventud, pese a todo el recargamiento reflexivo y estético que supone, no hay algo fundamental que transmitir que vaya ligado con el “cómo transmitirlo”. ¿El arte por el arte, pues? No sé, quizás se trate más de una cuestión de “quiero, puedo y necesito innovar algo que, sin embargo y sin darme cuenta en estos momentos, ya he innovado años atrás”.
A propósito, ¿cómo definiríais vosotros estos tan mencionados “nuevos tiempos”? Yo diría, simplemente, que en muy pocas ocasiones existen. Seguimos donde siempre: en las antípodas del cine (historias ancladas en fórmulas estructurales hoy en día más que gastadas). Ya puede haber mucha imagen bonita, mucha rosa y muchos relojes en funcionamiento a la vez, que si no se plantea lo más básico (el medio de expresión en cuestión: el lenguaje cinematográfico), no se llegará a algo realmente serio y valioso. Y ahí están, por muy antiguas que nos parezcan, El Padrino, La conversación, El Padrino, Parte II y Apocalypse Now. Cuatro joyas que llevaban su formalismo (sobrio pero de una fuerza impactante) acorde con su contenido (mucho mejor condensado que en Juventud sin juventud); y que no parecen anuncios de televisión: flashes visualmente atractivos pero, en sus entrañas, decepcionantemente vacíos. Aunque tampoco es el caso en cuestión. No exageremos.
En resumidas cuentas, mi valoración podría resumirse en las siguientes palabras: una historia llena de reflexiones (seguramente muy transcendentales) y de imágenes muy líricas (quizás no tan trascendentales) que falla en algo tan simple como la más pura saturación, pero que me ha gustado lo suficiente como para mantenerme despierto durante sus 124 minutos. Quizás sea la esencia del genio. Quizás mi sofá.
Ahora veo que me he ido mucho por las ramas. Probablemente necesite un descanso, o, lo más seguro, ver otra vez Juventud sin juventud. Estoy seguro que el próximo día que la vea no sólo lograré entender su auténtico sentido, sino que disfrutaré mucho más. Tengo esta esperanza. Coppola me suele entusiasmar. Ya os contaré.

Resacón en las Vegas parte de una idea no demasiado original. El hecho que aparente ser la “típica comedia americana” tampoco la ayuda mucho. El caso es que su guión le da un giro al asunto que, consiguientemente, la hace resaltar del más bien resfriado panorama cinematográfico actual de las comedias USA: si bien lo que el público más cachondo espera es disfrutar de una noche loca de una despedida de solteros, lo que se encontrarán es con la parte más desagradable de una noche de tal calibre: la resaca del día siguiente. Pero olvídense de presenciar algo desagradable: como si de una investigación policial se tratara, los tres mayorcitos protagonistas (asócienlos con algunos de sus amigos, verán como se reirán aún más) intentaran encontrar al cuarto en discordia (que ha desaparecido) teniendo en cuenta que no recuerdan prácticamente nada de la noche anterior. Renunciando inteligentemente a cualquier flashback, el director del film maneja un cúmulo de situaciones absurdas de una forma envidiable, haciendo que resulten desternillantes. Así pues, tanto el público menos exigente como ese con ganas de novedad podrán disfrutar con todas y cada una de ellas.
Puede que el film no tenga esa formalidad surrealista de Miedo y asco en las Vegas (la cámara se mueve sin demasiado brío, todo hay que decirlo), ni un bonito mensaje que acabe de “redondear” la película (¿realmente necesita mensaje un film como éste?), su intención y su contendio (teniendo en cuenta en qué momentos nos encontramos en estos momentos dentro del cine comercial provinente de Hollywood) harán percatar al espectador que no se trata de la “típica comedia americana”, sino de una pequeña gamberrada muy inteligente y lograda, un pequeño y disimulado intento de transgresión (comercial, pese a todo) que contiene más del gamberrismo de los Farrelly que de la aceptable pero ñoña comicidad de Apatow. Háganse unas risas: saldrán del cine con ganas de fiesta, pero a la vez con un buen recuerdo (seguramente recordado).
Mi valoración: 7 sobre 10

Escrito el 20 de agosto de 2009
Hacía tiempo que oía hablar muy bien de un film sueco llamado Déjame entrar. Mi curiosidad era la suficiente como para verlo: un film sueco llamado Déjame entrar tenía cierto éxito en España, un país que precisamente no destaca por un multitudinario interés por películas suecas, y mucho menos de vampiros. El caso es que, tras meses sin encontrar el día oportuno para verla (llámenme vago, lo aceptaré), hoy me he decidido a verla. Mi opinión tras el visionado no puede ser más que satisfactoria. Probablemente, Déjame entrar sea uno de los filmes más bellos, originales y escalofriantes que haya visto hasta la fecha.
Lo que más destacaría sería su inteligentísimo poder de sugestión. Igual que uno de mis filmes favoritos, El silencio de los corderos, el realizador del film en cuestión prefiere sugerir la violencia (que la hay, y mucha) antes que mostrarla a carne viva: prácticamente en ningún momento veremos un cuerpo hecho pedazos en planos detalle. A propósito, destacaría un momento brillante: la vampiresa protagonista alimentándose de un hombre en una pequeña habitación, cuya puerta de entrada medio abierta nos tapa (parcialmente) lo que ocurre en el interior.
Otro elemento clave de Déjame entrar es su arriesgada propuesta formal: acorde con la frialdad de la historia (muy cruel y muy tierna a la vez), se opta por unos movimientos de cámara suaves y la combinación entre planos generales (normalmente de paisajes) y primerísimos planos (normalmente de los rostros de los personajes), o sea, entre el más puro distanciamiento y el acercamiento (casi roce) por parte del espectador. Un juego cinematográfico que le va como anillo al dedo a esta extrañísima historia repleta de sorpresas. Y es que si hay algo que también cabe resaltar es la sensación de misterio y angustia que provoca en cada momento: probablemente, uno de los momentos más tensos (aparte de ese inmejorable y sublime final en la piscina) ocurre dentro de una escena aparentemente romántica. Siempre hay que estar atento, pues igual que la vampiresa, el film te puede coger desprevenido en cualquier situación.
Si bien su base argumental podría ser un punto en contra en un principio (historia de amor entre un niño de 12 años y una niña vampiresa), su escritor ha sabido alejarse al máximo de cualquier tópico y recurrir a diversos y variopintos elementos sorprendentemente únicos que hacen que el espectador se sienta en un terreno, no únicamente complaciente, sino también completamente virgen.
Hagan el favor de no esperar tanto como yo he hecho. Acudan en cuanto antes a, y sé que lo habréis oído mil veces, una de las joyas cinematográficas de los últimos años. Quizás la menos convencional de todas las aparentes joyas que se clamen por ahí.
De mis cinco trailers falsos presentados al festival Teaserland 2009, ninguno fue nominado. En parte lo encuentro razonable: mil no sé cuántás personas habían presentado y, finalmente, todo se reducía a 20 finalistas. He colgado dos de ellos en Youtube: Ladridos y Detrás. Uno de terror y un dramón con tintes de thriller.
Espero vuestras opiniones más sinceras.


Radiografía no nace a partir de un guión. Ni siquiera de una idea clara, ni de un tema en concreto. Nace de improvisto, a partir de unos 60 clips de video caseros grabados con una cámara digital de manera espontánea: mi madre en la cocina, mi hermano simulando una escena dramática, mi padre hablando por teléfono, yo mismo leyendo un libro… El hecho de grabarlos fue simplemente una distracción; eran unas pruebas para ver cómo grababa mi, por aquel momento, nueva cámara de video. Tras permanecer varias semanas en mi ordenador sin ningún uso, decidí “resucitar” dichos clips y juntarlos para crear un hilo entre ellos que atrapara al espectador y no lo soltara hasta el último momento.
El resultado, tras muchas y muchas pruebas de montaje, ha quedado tal y como yo lo tenía en la mente. No hay un tema importante, no hay una metáfora escondida, ningún secreto, ningún planteamiento: es un experimento visual y sonoro. Nada más. Una pantalla en negro y diversos clips (que aparecen de dos en dos, normalmente) con una relación entre sí. Todo esto da pie a una breve radiografía de una familia, a mi primer cortometraje.
Crítica de El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher, 2008)

Detrás de la grandilocuencia de su conjunto, en el nuevo y deslumbrante film de David Fincher se esconde un mensaje tan verdadero y cercano como la vida misma. Aunque probablemente ya lo conozcamos: hay que vivir la vida hacia atrás para llegar a comprenderla. En El curioso caso de Benjamin Button, lo remarcable no es el hecho de que el protagonista nazca viejo y muera joven; son sus consecuencias, el aprendizaje que él, un “bicho raro”, hace de la vida y cómo el tiempo real, que va invertido a su condición, le va marcando. Y es que, como le enseña a través de una carta en forma de testamento él a su hija, sólo se puede vivir invirtiendo el tiempo, huyendo del progreso, viviendo de la experiencia. Tal y cómo él ha hecho.
No deja de ser una metáfora el hecho de que la historia comience el día que acaba la Primera Guerra Mundial, uno de esos días históricos en que se respira esperanza, y acabe mientras el Katrina arrasa Nueva Orleans, dejando limpia la ciudad donde Benjamin vivió durante su larga y extraña vida. Metáfora porque el huracán supone una reforma, una reconciliación de un país que, igual que el protagonista, va rejuveneciendo, que se verá reflejada en una última imagen sublime e inteligente, la de un reloj que marca la hora hacia atrás (alias Benjamin) arrastrado por el agua del huracán (progreso, deconstrucción, o si quieren, renovación). Destaco, además, el momento en que Benjamin y su amada Daisy (que crece en sentido normal) se encuentran en el punto en que sus edades coinciden, y se observan en el espejo, que simboliza un cruze del destino, el encuentro entre una rebelión y un modelo.
Ésta sería la nada fácil base de la historia que Fincher, a partir de un relato corto de F. Scott Fitzgerald, nos ha trasmitido tan impresionantemente. Ésta es, probablemente, una de las pocas películas de los últimos años que nos hable de la vida de manera total, a partir de un personaje extraño que vive rodeado de una vida normal (es éste uno de los aspectos que la diferencia de otras películas fantásticas). Vejez, amor, juventud, muerte, sentimientos, país, tiempo… vida. Todo está en Benjamin Button. Todo gracias a un maestro injustamente olvidado en la última ceremonia de los Oscar, cuya gran triunfadora fue una película que también hablaba de la vida, pero de una manera tramposa, confusa y efectista. Y es que El curioso caso de Benjamin Button, además de ser una obra de arte total (véanse las referencias a la literatura, a la pintura, al baile…), se aprecia por su sinceridad y su deslumbrante inteligencia emocional. Disfruten de la vida en dos horas y media, disfruten de un futuro clásico.
Puntuación 9/10













